En la tradición de nuestros pueblos, los nietos mayores van con los abuelos para aprender de su sabiduría. Más adelante, la vida me mostraría que también era tradición de los chinos y los celtas antiguos. Lo descubrí cuando estudié medicina china y cuando trabajé con un celta.
Mi primera infancia fue un mundo de aventuras comunitarias. Íbamos de pesca, al conuco (lugar de cultivo) a cazar, a recolectar frutos y mucho más. Para hacer cada una de esas actividades, siempre debíamos pedir permiso a los «dueños» de las cosas, del lugar, del río, del árbol, del bosque…porque todo era sagrado. Esos «dueños» son llamados espíritus, dioses o custodios en otras culturas ancestrales.
Si no pedías permiso o irrespetabas el lugar o lo que fueras a tomar,
algo pasaría en el momento o luego. «Los Máwaris» podían flecharte. Entonces enfermabas posteriormente. La enfermedad podía ser corporal, o simplemente tu espíritu se enfermaba y te nublabas mentalmente, te perdías en la vida. Recuerdo varios episodios en los que los «criollos» (no indígenas) se metían al río sin pedir permiso y luego alguno se lesionaba un tobillo o se cortaba con las piedras.
En el día a día con nuestro abuelo y familia, aprendimos a estar en conexión con el Cielo y la Tierra, la naturaleza y todo lo que nos rodea. La luna le decía cuando iba a llover, cuando era momento de sembrar, de colectar la cosecha, cuando era un buen momento para a pescar o a cazar; cuando debíamos verla y cuando no. Aprendimos a diferenciar la pisada de un tigre o arrastrada de una serpiente, el canto de un pájaro o el canto de una serpiente, a verlos en medio de donde fácilmente podrían camuflarse. Aprendimos a sentir la brisa y saber de dónde venía el viento, y como evitar que su rumbo le llevara nuestro olor a animales que podrían vernos como su presa. Por eso, tenemos nuestros sentidos más desarrollados.
Aprendimos también que árbol servía para leña y cual no, y cuando cortarlos; porque si los sacabas cuando no tocaba, el fuego se ahogaría. Aprendimos a interpretar el canto de las aves para saber cuándo llovería o cuando podía llegar una mala noticia. Sabíamos cuando el vuelo de termitas anunciaba una buena caza de los deliciosos bachacos voladores, cuando el río iba a reclamar su cauce y venía la temporada alta de peces. Nunca tuvimos problemas de «inundaciones», porque los indígenas saben que cada cierto tiempo las aguas reclaman su cauce y si lo respetas, no saldrás afectado.
Además de pedir permiso para entrar o tomar las cosas, aprendimos que no puedes llevarte todo para comer, porque no es como funcionan la naturaleza, nos como funciona la vida, la energía, el todo. Si te llevas las frutas antes de tiempo, maduran con mal sabor. Si te llevas todo, luego no tienes para comer. Se toma solo lo necesario, lo que ya está para comer. Si sacas todos los nidos de huevos de tortuga, no habrá más tortugas. Si el árbol, el bosque no te da permiso para tumbarlo, siques buscando otro. Por eso, no es casualidad, que el mundo los territorios con mayor riqueza vegetal y mineral, sean aquellos que están en territorios indígenas. El abuelo nos decía que si sacabas el oro a la tierra, le sacabas la sangre. La cosmovisión ancestral no tiene nada que ver con la visión occidental. «El secreto de la vida está en moverse con los ritmos naturales de la tierra y el universo».
Además de lo descrito hasta ahora, el abuelo atendía a todas las personas que acudían en su ayuda por afectaciones de salud. El Shamán sana atendiendo el espíritu. Por eso, no en vano, es visto como el guía espiritual de la comunidad. Según la enfermedad que tenía la persona, le pedía volver o no. Si ameritaba extra de medicina, preparaba las hierbas para untar o brebajes, mandaba los ayunos correspondientes y los cuidados que debía tener. Algunas medicinas debían lunarse o solearse, otras no.
Nunca vi al abuelo darle yopo al paciente, nos decía que las personas no estaban preparadas para eso y era un recurso del Shamán para ver lo que
no era tan evidente. Nos decía que no todos podían tomarlo. Los Shamanes se preparan más de 15 años con una disciplina estricta de vivencia, ayunos no solo de comida, para estar listos. ¿Puede una persona común de muchos condicionamientos, estar lista en una semana para tomarlo?. Ahora lo entiendo. Después de prepararse para atender a la persona, el abuelo comenzaba a hablar en su idioma indígena, y le preguntaba ciertas cosas a la persona. Luego succionaba la parte del cuerpo donde estaba el «daño» y lo extraía, así de la nada. Le vi sacar de todo del cuerpo de las personas, desde comidas mal digeridas, piedras de río, hasta pedazos de velas consumidas.
La primera vez que mi esposo vio a mi tío abuelo hacer eso, no lo podía creer. Su mente inicialmente occidental trataba de dar una explicación «lógica» hasta que entendió que no la había. Me reía de él, porque mi vida desde la infancia estuvo llena de eso, pero entendía que no era tan fácil para él porque apenas iniciaba en este mundo.
Mi abuelo no vio en ninguno de sus hijos a un Shamán sucesor. Lo vio en mi hermano y en mí. Un Shamán nace no se hace. Se prepara al que nace con esos dones y la misión de continuar con el legado. Todos en mi familia tienen dones como los del abuelo, tanto sus hijos como sus nietas y bisnietos, pero no todos tienen todos los dones y el legado, por eso no todo están destinados a continuar con el legado de sanadores y guías del clan.
Mi abuelo y sus hermanos Shamanes aprendieron lo que sabían de sus antecesores a través de la palabra y las actividades cotidianas, fue pasando de generación en generación. La palabra para los pueblos aborígenes es sagrada. Siempre nos decía: «cuando uno da su palabra da su vida». Esto también es cosmovisión de otros pueblos ancestrales como los Celtas, los Chinos, los Iroquenses, los Mayas y muchos otros. Lamentablemente la palabra no tiene valor para la mayoría de los occidentales. La palabra está vinculada al espíritu, eso explica por qué hay tantas afectaciones hoy día, y por qué los Shamanes como mi abuelo y los de mi clan, sanaban atendiendo en primer lugar, al espíritu de las personas.
Podría contar mucho más de mi niñez y aprendizaje con mi abuelo y mi familia, unas líneas en esta página no bastan. La película Avatar, es apenas una ventana moderna a nuestro mundo.
