A mis 12 años comencé mi labor como catequista de confirmación en la iglesia católica, eso se mantuvo durante 8 años, sumándole luego ser catequista de primera comunión. Hice 3 años de formación completa como catequista y preparé a niños y jóvenes durante esos años, desde ese enfoque.

A mis 14 años conocí el mundo de la pastoral juvenil, donde presté labor social como fundadora y coordinadora de grupos, animadora de los mismos. Allí dirigía planificaba, organizaba y dirigía actividades que permitían asistir a los jóvenes en situación de riesgo, como se le decía para ese entonces. Formaba parte de un equipo maravilloso conformado por sacerdotes, misioneros, laicos que apostaban por ayudar desde su servicio.
Cada actividad; reuniones, encuentros, convivencias, retiros me hacían muy feliz me llenaba por completo. Además de un crecimiento personal que cada uno vivía, era indescriptible el sentimiento que sentía cada vez que todos esos jóvenes te decían que su vida había cambiado gracias a lo que habían vivido. Muchos de esos jóvenes habían delinquido y se transformaron por completo en grandes ciudadanos. Muchos no habían terminado la primaria, y gracias a su experiencia en los grupos juveniles terminaban sus estudios universitarios, otros se capacitaban en oficios donde tenían mucho que aportar y gracias a ello, tenían una vida completamente distinta.
Los que no tenían esos escenarios anteriormente descritos, venían de hogares rotos, donde las discusiones constantes, violencia física o psicológica era el día a día. Así de joven descubrí el poder tan grande que puede tener una sonrisa. Fueron muchas las veces las que me decían: llegar acá y verte con esa sonrisa al llegar es de las mejores cosas de la vida, te cambia pro completo el ánimo cuando llegas a un lugar y te reciben así.
Esa misma sensación hermosa en el alma, la sentía cuando algún niño de las comunidades que atendíamos me decía: gracias por haberme dado las mejores vacaciones de mi vida. Me hacía muy feliz saber que había aportado felicidad y otra posibilidad a esas personas. Durante más de 10 años mi vida transcurrió en esa labor social, organizando actividades y momentos que le mostrara otra vida posible a centenares de jóvenes y niños. Cuando se hacían eventos globales, era hermoso ver tanta entrega, alegría y felicidad. los 6 años en el teatro me nutrieron de experiencias que también me llenaban el alma. Los teatreros tienden a ser muy juzgados, pero a mí siempre me rodeaban personas maravillosas. Siempre aprendía a ver lo mejor de las personas y quedarme con eso.

Los grupos juveniles atendiendo a esos y mi vida en el teatro, me mostraron que cuando te relaciones desde el amor, el respeto y la confianza; recibes exactamente lo mismo. Traté muchas veces con jóvenes que habían robado, consumido y/o vendido drogas, incluso algunos que había cometido delitos mayores, personas a los que los otros les temían o le miraban con desprecio; pero que cuando les mostrabas confianza en ellos, se volvían tus protectores y los mas agradecidos del mundo, valoraban lo que «habías hecho por ellos» como generalmente decían.
Tantos años la pastoral guiando espiritualmente y enseñando artes y oficios, me reafirmaban que el mundo podía ser distinto a lo que nos contaban en todos lados.
En medio de todo eso, era actriz de teatro. Siempre tuve los papeles principales en las obras que hicimos, obras en sala, teatro de calle y títeres. Allí también habían personas hermosas, siempre me trataron bien y aportaron mucho. Me permitieron ver el talento innato que tenía para actuar y entender como se puede transmitir mucho sin decir una sola palabra, o como una sola palabra puede tener tanto mensaje. La importancia de transmitir desde el tono de las palabras, las miradas, las emociones. Represente a mi estado en festivales nacionales con premiaciones y reconocimientos especiales por nuestra actuación y puesta en escena.

Además de eso, siempre fui líder indígena y de derechos humanos. viví en un lugar de misión de la iglesia donde se recibía y me vinculaba con muchos europeos, y la mayoría me decía que no parecía indígena, lo que inicialmente me daba risa porque toda mi cara, mi cabello y mis ojos gritan mi sangre amazónica. Pero luego me explicaban que se debía a mi manera de ser, por todo lo que sabía hacer, por mi visión tan amplia de mundo y lo que dirigía. No sabían que justamente esa visión de vida que tenía, era gracias a lo que mi abuelo y mis vivencias junto a personas hermosas, me habían enseñado. tenía claro los «derechos inherentes al ser humano» porque los indígenas sabemos el valor de la vida y la dignidad de la misma, pero no solo de la nuestra como persona, si no la de toda la existencia en armonía y equjilibrio.
Paralelo a lo descrito hasta ahora, fui atleta y campeona del federado de voleibol durante 5 años consecutivos. Con mi 1,53 mts. de estatura, era rematadora y tenía uno de los saques más potentes y difíciles de manejar. desde los 12 años jugué en campeonatos escolares, con buenos resultados. Lo que me llevóó a partir de los 19 a jugar en las ligas profesionales de mi región. Nos llamaban las pulpas y al equipo masculino, los pulpos, porque no había balón que cayera en nuestro campo. Los deportistas también son un mundo aparte de los actores de teatro, los catequistas, los defensores de derechos humanos y los animadores juveniles, y también son seres maravillosos capaces de dar tanto.

Hago la diferenciación porque vivimos en un mundo que siga juzgando y calificando a las personas según lo que hacen, según el oficio que tenga, según como se vista, y según eso, se les cataloga de «buenos» o «malos». Yo en todos esos grupos encontré a seres humanos, con almas hermosas, con grandes potencialidades y mucho para dar, según sus talentos.
Junto a todo esto, estudié música y además me formé en el sistema de orquestas infantiles y juveniles de Venezuela. Soy instrumentista, cantante y compositora. Ayudé en la fundación de coros en mi región. Por primera vez se veía junto a una orquesta sinfónica a indígenas con sus trajes típicos cantando en sus lenguas maternas, música clásica. También se escuchaban los cantos indígenas con arreglos a voces e instrumentos sinfónicos. Todo se hizo a lo indígena, con consultas a los pueblos, con aprobaciones de las asambleas… La música siempre ha formado parte de mi vida desde muy joven de manera exitosa, y lo sigue siendo en esta labor de sanación y guía espiritual.

Cuando migré, seguí con esta labor social y musical, transformadora. Fui cofundadora de la ONG que abrió las puertas a los migrantes venezolanos y en obtener un permiso especial para residir, lo que luego se multiplicó en otros países de América. Por otro lado, fui miembro fundador del Coro sinfónico Roraima y la Filarmónica Roraima, a quienes luego asesoré en planificación estratégica hasta que salí del País.
Como diría mi hijo, mi edad no habla de mis vivencias. Tengo muchas vivencias, tengo muchos caminos por los que puedo guiar a otros que comienzan a transitarlos. Pero ahora, desde el origen de lo que somos.
