En el antiguo testamento, la Biblia nos habla de hombres de fe que danzaban con el fuego para sellar un Pacto con Dios, un hombre que tenía una convicción de vida más allá de sus vivencias cotidianas, de su cuerpo, de sus responsabilidades. Antes de la Biblia, eso ya ocurría, danzaban, cantaban, oraban o meditaban para dar gracias a aquello en lo que creían, y celebraban la vida y los pactos, alrededor del fuego sagrado.

Todas los aborígenes ancestrales más conocidos como los antiguos Celtas, los antiguos Mayas y los antiguos «chinos»; comparten una cosmovisión de vida que va más allá de las estrellas. En el cielo no sólo están las estrellas, está también una fuerza superior guía nuestra vida y que habita en todo lo que existe. Una fuerza superior que nos sostiene porque nos ama.
Los seres humanos ancestrales eran seres espirituales. No digo religiosos, hablo de seres espirituales. La Religión vino mucho después, por hombres que nada tuvieron que ver con los maestros o guías espirituales, en nombre de quienes hablaban.
Las tres cosmovisiones ancestrales mencionadas, sabían que la vida tenía 3 niveles de existencia con dos comportamientos de una fuerza vital. Vivían en armonía con eso; con la naturaleza y el universo entero; el externo y el interno. Se respetaba al Cielo y sus señales, y se sentía su presencia en todo. Además, cada uno desempañaba el rol que les correspondía y por eso, cada uno era importante, irremplazable y sagrado. Eran seres humanos que se consideraban sagrados, por eso eran más que cuerpos y deberes.
Hemos pasado de un ser humano espiritual, a un ser que ha olvidado que tiene espíritu y ha centrado su atención en su cuerpo. Que le rinde culto al cuerpo, a lo físico, tanto que se ha deformado de lo que es. Porque al no mirarse como ser sagrado; no se gusta, no ve su belleza, no ve su hermosura, se ve feo y hace lo imposible por cambiar esa apariencia.
Cuando el ser humano no logra cambiar eso que no le gusta de su aspecto físico, sufre. Producto de eso y muchos otros aspectos, nos han llevado a vivir la epidemia más grande: la depresión y la ansiedad. Ésta, se hace mayor con el paso de los años, de los siglos. Ahora, además; estamos ante un ser que prefiere no ser humano, que prefiere ser un robot. Un ser que prefiere ser de cualquier especie menos de la suya. He escuchado muchas veces: «El ser humano da asco». Lo triste es que quien lo dice, es un ser humano. Un humano que va contra su existencia misma, porque hace tiempo perdió el sentido de su existencia, cuando dejó de verse y sentirse como un ser sagrado.
Cuando vamos contra nosotros mismos, iniciamos un camino de autodestrucción. Un camino que se detiene sólo cuando retornamos al origen, tanto al camino de inicio, como a lo que verdaderamente somos. Somos seres espirituales, y repito, no estoy hablando de religión. ¿En el futuro seremos robots? ya los humanoides están entre nosotros y nos parecen más hermosos que nuestros hermanos, que los seres que tienen nuestra misma corporeidad y sacralidad. Los conflictos con la inteligencia artificial vienen a recordarnos lo que verdaderamente somos. Nos somos esto en lo que nos hemos convertido como especie, así estamos, pero no somos así.
¿Qué debemos hacer? Retornar el camino inicial, el origen donde está lo que verdaderamente somos. No regresaremos en el tiempo, regresaremos en sabiduría y en aprendizaje. Somos más que cuerpo, somos más que las responsabilidades que tenemos en el día a día, somos más que lo que nos hemos creído. Cuando cada uno de nosotros se contemple como el ser Sagrado que es, tendremos un planeta, una historia y una humanidad completamente distinta a la que tenemos. Pero primero, debemos recordarnos que somos humanos, los humanos ancestrales que llegaron a este planeta. Ese es el inicio para la nueva era que iniciará pronto.
Iduwali Nali
