EL SOLSTICIO DE VERANO.

El Sol alcanza su máximo punto de elevación en el cielo, “cuando el sol alcanza su cenit en el cielo”, como lo llamaban los celtas. Todas las culturas ancestrales, quienes fueron los primeros astrónomos y astrólogos, comprendieron hace miles de años al Universo y su funcionamiento, desde la observación, desde la contemplación, y coinciden en la relación de la existencia universal.

stonehenge, england, ancient-4771847.jpg

Los cambios estacionales y el respeto de los mismos garantizaban la vida y la existencia. Sembrar, cosechar, crear, guardarse, construir, viajar…todas las actividades cotidianas eran marcadas por los ritmos del universo, así como las especiales y celebrativas. Todo se vivía con respeto a los ritmos naturales y con magia y arte, con la sacralidad que merece el vivir. Una consciencia de magia y sagrado, que como humanidad, hemos olvidado hace mucho, por todos los condicionamientos.

El verano es la estación de los días más claros, de mayor luz. La luz es lo que se ve, el arte, porque si hay algo que tiene el arte, es luz. Es el fuego, es la pasión, la entrega desde la luminosidad. El fuego, que nos recuerda el fuego en nuestro interior. Porque nuestra vida, depende de nuestro fuego interno, de nuestro corazón.

El verano inicia con el solsticio, representa el ciclo agrario centrado en los cereales, en los momentos de gran prosperidad. Y, Además de definir la cosecha que la naturaleza nos regala, también representa la recolección del fruto de lo que hemos sembrado a lo largo de nuestra existencia.

Al igual que las estaciones que le preceden, el verano nos recuerda algo importante. Observemos afuera cómo se comporta el universo (en su ritmo natural), para contemplar cómo está nuestro verano interno, nuestro fuego interno, nuestra pasión, nuestra luz, nuestra vida. ¿Vivo apasionadamente y en luz? ¿Sigo mi furor interno, mi fuego interno, los dictámenes de mi corazón?

Recuperemos esos círculos mágicos de piedras que construyeron los Celtas, esas pirámides mágicas que construyeron los Mayas, que precisan adecuadamente los momentos importantes de cambios, de luz, de oscuridad. Cuyas sombras e iluminaciones en los momentos exactos, nos recuerdan cómo debería ser el ser, y la existencia del todo, y de todos.

Con el solsticio nos recuerdan la luz, la mayor época de luz, que la luz que es arte, que la luz que es magia, que la luz que es vida. Que es el momento de salir, de compartir, de agradecer y bendecir al sol. De danzar alrededor del fuego, tanto externo como el interno.

Así como los Druidas y los Mayas, dejaron en los lugares sagrados un espacio específico, exacto, un espacio especial para que la luz entrara y fluyera; recuerda siempre revisar que en tu templo, haya un espacio para que la luz entre y fluya. Para que esa luz te nutra, para que te llene de energía. Y no olvides también, mostrar tu luz e irradiar con ella.

Idúwali nali.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *